Voces Vagamundas/ abril 30, 2017

                                        Nicaragua, Nicaragüita, donde todo empezó…

Escribo estas líneas para aquellos que sólo conocen Nicaragua a través de la prensa; simples bosquejos, deseo de agregar a esa información, algo que la acerque un poco más al aire que se respira en el país, a lo que la gente dice y hace en su vida cotidiana. Bocetos, más que fotografías: un poco como querer darle mis ojos al lector para que también eche a andar por sus calles y caminos, y asista lo más directamente posible a algo de lo que allí está ocurriendo. Bocetos de Nicaragua, Julio Cortázar.

PicsArt_04-30-03.08.47

No hay mejor forma de iniciar un blog de viajes que empezando tan cerquita de casa, donde todavía la extrañeza cultural no nos golpea de una en la cara, sino que solo nos tantea con un poco de cambio ligero en los matices de la cotidianeidad. Este viaje en particular no fue el primero en tierras del norte de mi natal Costa Rica, que mal no está nunca recordarlo, es una verdadera colección de paisajes de postal (de esas postales que te envían los que de verdad te recuerdan y te aprecian estén donde estén) pues ya antes, desde muy joven sentí la curiosidad de ir un poco más allá de lo que podía mal llamarse patria y en múltiples ocasiones había llegado a Granada, una de las ciudades coloniales del vecino país, pero este viaje en particular repito, sí era uno de esos que ameritan un desparramo de palabras por todo el sitio, escupiendo paredes a punta de recuerdos y de pequeños detalles, porque los pequeños detalles siempre son los más sabrosos, nos mantienen vivos a tirones salvadores, nos anclan a un todo tan universal como exquisito. Así es Nicaragua, siempre una segunda casa cada vez que sumerjo en su maraña de lagos y volcanes, de islas y de poetas. No hay más que llegar a San Carlos para ya atisbar la tierra lúcida de Solentiname, casa del Ernesto Cardenal y de miles de pescadores de palabras más…

No por nada Cortázar la llama en su obra Nicaragua tan violentamente dulce, la inmensa casa:

Ya ves, viajero, esta su puerta abierta,

todo el país es una inmensa casa.

No, no te equivocaste de aeropuerto:

entra nomás, estás en Nicaragua.

(Managua, febrero de 1980)

Así es, basta entrar nomás para sentirse a salvo y encontrar una paz que flota en tardes de sol y lago. La mayoría de veces no es necesario ir muy lejos de casa para descubrirnos en espejos inevitables de realidad, el objetivo esta vez era parcharla con libritos artesanales de material reciclado con mi príncipe vagamundo, así es, la maleta se basaba principalmente en nuestros tiliches para unir las hojas sueltas y empacarlas en un envoltorio de palabras, libritos que debo decir causaron sensación en la misma esquina en la que Darío vendía sus libros, donde seguro también se emborracha hasta descubrir el horror de ir a tientas, en intermitentes espantos. Nuestros clientes siempre fueron los nicas y uno que otro viajero o poeta que asistía al Festival Internacional de Poesía, que cada año toma lugar en la ciudad colonial de Granada durante toda una semana y que siempre coincide en el segundo mes. Este año el homenajeado era precisamente Ernesto Cardenal a quien tuve el placer de ponerle entre las manos nuestra poesía vagamunda, pero esto es algo que solo pasó después de muchos eventos previos que hacen de este viaje algo inolvidable y soberbio para mi mente vagamunda.

Para llegar al Festival tuvimos que hacer muchas cosas que entre ellas cuentan pedirle un préstamo a la abuelita de Danny, quien muy generosa y sutil nos lo concedió en el último momento, puesto que para ese 2013 éramos solo un par de universitarios que comían una sola vez al día y que no tenían más ingreso que la efímera y nunca sustentable beca estudiantil. Además Danny revisó la obra de un escritor costarricense quien nos bendijo con sus libros de poesía al terminar el trabajo. Mi intención más que conocer al padre, como todos llaman al Ernesto, era que nuestras palabras viajaran a todas partes del pueblo nicaragüense, el cual debo decir es uno de los más sedientos a nivel latinoamericano en cuestión de poesía y literatura. Muchos de nuestros lectores, repito, fueron los mismos pobladores que curiosos se aproximaban a “viniar” nuestra manta adornada caleidoscópicamente con los libritos, incluso uno que otro policía en lugar de echarnos y quitarnos la mercadería a lo bestia, como sucede en las calles de Costa Rica con cualquier vendedor ambulante que respire, nos saludaban y nos hacían múltiples preguntas sobre nuestro rumbo y sobre la poesía que hojeaban a trompicones con sus miradas uniformadas.

La tarde en que conocimos a Cardenal hacía en Granada un calor absurdamente insoportable, el lugar era una especie de convento sin paredes, pueril y considerablemente mediano, en realidad sí era un convento, el convento de un tal Francisco. Español con seguridad. Llegamos en medio del recital porque un tipo que trabajaba en el Edificio La Casa de los Tres Mundos, uno de los lugares donde se expone a los poetas, no nos dejaba en paz. Llegamos al recital y nos esforzamos por encontrar al viejito con su irremediable cabello blanco y su boina negra, al estilo del Che, y su guayabera coincidentemente blanca, recitando sus poemas del canto cósmico. Todo un monumento histórico, un cosmonauta primitivista, un poetista edénico. Yo lo escuchaba inmóvil y pensativa, sonriendo detrás de los labios y de la lengua. Solo lamentaba el bochorno, la falta de cerveza fría y de un buen sillón para escuchar a Cardenal, a quien le empezaban a temblar las manos cada cambio de página y quien seguramente estaba completamente obstinado con las luces parpadeantes y antiestéticas de las cámaras de la primera fila. Al final de la conferencia tuvo Danny que empujarme en medio de la algarabía para que le regalara un libro de los nuestros. Diantre vaya a saber si en realidad lo hojeo. Lo importante es que yo sonreía con una mueca embalsamada y auténtica. Después salimos a comer quesillo y hot dogs en el parque, justo frente a la catedral granadina, donde una pareja se casaba esa tarde.

PicsArt_04-30-03.22.17

Por las noches de esos días no hacíamos más que ir a La Calzada y beber cerveza nacional, de vez en vez un ron con limón que tragábamos abiertamente. Habíamos entablado relaciones cordiales y transitorias con varios vascos, en realidad tres: dos chicos y una nena. Además habían dos argentinos que la parchaban junto a nosotros con camisas de Nicaragua y que no hacían más que hablar de su viaje cúspide a Europa, de su falta de guita, de lo caro que había sido su pasada por Costa Rica y su necesidad de llegar a México a buscar laburo y, por supuesto, también habíamos discutido sobre si en verdad la muerte de Horacio Oliveira era o no un reflejo del juego de la subjetividad que siempre nos plantea el Julio en sus escritos. Una de las noches coincidimos todos en un bar en una tertulia inter-cultural. Se debatía un poco sobre Unamuno, de los veintisiete, la postguerra que no dura más que un prefijo, el teatro del absurdo o mejor dicho, el absurdo del teatro, varios conceptos euskeras. Aprovechamos para venderle un libro a la chica vasca, que por cierto era para su tía allá en Málaga (tan cerquita de la Chambao ha ido a parar nuestra poesía vagamunda). En el bar todos nos reconocían por la declamación a micrófono abierto que Danny había hecho por la tarde.

PicsArt_04-30-03.45.21

La música era amenizada por los chicos del Camino de la Serpiente, eran todos del sur, y todos tenían un aire de desaliño incurable junto a un olor que se expandía eufórico y entibiado. La mayoría había dejado sus trabajos tirados para incursionar en el arte del flaneur o mejor dicho en el arte del  vagamundeo. De día vendían macramé y tarjeticas de niños sucios y cochambrosos con caras de tugurio y por la noche la música llegaba a solventar las ganas de viajar por viajar y de vivir porque no hay mejor forma que pasar el rato de sonrisas y versos.

PicsArt_04-30-03.25.48

Así es, este espumarajo de palabras no pretende guiarte sobre cómo llegar a Granada o qué hotel debes pagar para pasártela mejor, no, es más bien un agradecimiento al pueblo nicaragüense que tan bien supo albergarnos a nosotros y a nuestras voces vagamundas. Porque mucho se habla de la mala relación de los ticos con los nicas, pero existen otros que lo que pretendemos es unir a Centroamérica y, por ende, a Latinoamérica. Ninguna de las naciones puede compararse una con otra, cada una vive su realidad a su antojo.

Voces Vagamundas…

PicsArt_04-30-03.13.08

Deja un comentario