Voces Vagamundas/ mayo 7, 2017

MANIFIESTO VAGAMUNDO

(ESTE POST SE PUBLICARÁ POR ENTREGAS PUES RESULTA CLARO QUE EL TEMA DA PARA COMERNOS TODAS LAS PALABRAS Y DESPERTAR TODOS LOS PENSAMIENTOS MIENTRAS RECORREMOS EL CAMINO).

Vagamundo, así es, si eres un amateur vocabulista y buscas vagamundo te encontrarás con que es un adjetivo de poco uso, un sustantivo y un término vulgar que nos remite a vagabundo, que por su parte es un adjetivo que remite al modo de vida errante, carente de domicilio y de un modo regular de vida fijo. ¡Vaya sancocho se arma la R.A.E para decirnos que a nadie le entra la puta gana usar un término (más que a Galeano) y que no queda más que enterrarlo en el sarcófago incoativo de las letras!

Así es, este post no tiene mayor fin que reivindicar el término, filosofar sobre el desglose de esa chispa de revolución y libertad que nos crece en las venas como un bicho ambulante. No es una fórmula para convertirte en un adoctrinado vagamundo, pues tenemos claro que para serlo no basta con querer viajar o viajar en sí, se trata de vivir la versatilidad en todas sus formas, ser capaz de vivir cualquier situación con la misma satisfacción y agradecimiento sin importar si esto te trae dolor o felicidad, encontrar la paz meditabunda que flota más allá del delirio catatónico que nos envuelve como especie pensante, ver en el camino nuestra puerta para vivir la intemperie en su pulso libertador, sentirnos ser viviendo en la austeridad voluntaria, viviendo en la maravillosa felicidad desnuda y descalza, sin acaso pensar en el tener más que lo necesario para seguir respirando y andando y garabateando poemas que nos salen de los poros.

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Repito: este post no tiene mayor fin que descubrirnos en la autosugestión del ser, subirnos al altar de la resiliencia por la mera manía de definirnos, encontrándonos en el salto al vacío que es preciso dar para saborear pizcas de libertad que nunca no son suficientes, he aquí nuestra primera pista para darnos cuenta que somos unos vagamundos de madre y padre; somos tan inconformes como inquietos. Ningún paisaje, puesta de sol, condominio todo incluido puede atraparnos en su delicia por siempre. Un vagamundo no cree haya lugar perfecto que lo haga dimitir de su esencia viajera, pues sabe que en cualquier otra parte también es posible amar, reír, llorar, creer con distinta fascinación y encanto, pues en cada parte dentro de este universo de mundos plegables se ama, se ríe, se cree de distinto modo, pero de igual esencia y a partir de ese distinto modo (de esa otredad que nos es más que una mismisidad) nos es posible aprender miles de cosas que si nos hubiésemos quedado en el mismo sitio de seguro nos perderíamos.

Un vagamundo no cree posible que pueda vivir en un mismo pueblo toda su vida o tener el mismo trabajo y oficina hasta jubilarse, esta idea le resulta tan descabellada como aberrante, un vagamundo cree frenéticamente en la capacidad del ser humano de evolucionar su pensamiento a partir del cambio súbito, así como un cangrejo ermitaño necesita mudar su caparazón para permitirse crecer, un vagamundo necesita  del contacto directo con las diferentes culturas que pueblan este mundanal mundote para germinar su capacidad de encontrar(se) en cada esquina, cree vehementemente en su habilidad de poblar su rincóncito microcósmico con todos los rostros nobles de los transeúntes, aprehendiendo de sus miradas el dolor, su capacidad de ser en ese preciso instante que nos pone en el mismo camino de una manera misteriosa.

Un vagamundo está habitado de una soledad antediluviana que le permite alimentarse de la soledad hermosa de otros seres habitados como él. En el mundo capitalista, antidemocrático y globalizante que nos han zampado, se pretende que no haya espacio para la soledad, para el silencio, para el susurro incorruptible del alma chorreante de profecías existenciales, así es como hemos perdido nuestra capacidad de bastarnos a nosotros mismos. Nuestra capacidad de reinventarnos en el vacío, justo en el borde de la nada.  En la soledad somos libres de ser lo que se nos ocurra ser, libres de la corruptela de ser bajo el peso de la opinión mediática. No hay soledad más hermosa que la de un vagamundo, que queriendo la soledad está siempre acompañado de otras esencias solitarias que le acompañan por toda la maraña de rutas. Muchas veces le tememos como si se tratase de un ejercicio diabólico que nos hará perder la cordura, donde terminaremos irremediablemente como unos anacoretas desahuciados sin siquiera la capacidad de reconocernos en el espejo. Por mi parte, creo que la soledad suele estar poblada de muchas experiencias que sería imposible vivir en compañía, sobre todo cuando nos encontramos en lugares remotos y naturales capaces de despertarnos todos los sentidos e inclusive abrirnos  a la posibilidad de crear nuevos. Sería preciso restaurar la meditación ermitaña como un hábito inapelable pues quien es capaz de bastarse en su propia soledad puede adaptarse a cualquier situación que el camino y el viaje lo hagan vivir… Continuará.

Raque… Vagamunda.

 

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