Voces Vagamundas/ mayo 14, 2017

 

Un buen día me hice un vago. Así como lo oyen. No sé cuándo empezó pero aquí me tienen, tumbado a un costado del camino esperando que pase un camión y me lleve a cualquier parte. Ustedes deben haber visto un tipo de esos desde la ventanilla de un ómnibus o del tren. Pues yo soy uno de esos exactamente y puedo asegurarles que me siento muy a gusto.

El último, Haroldo Conti

Ningún vagamundo está dispuesto a postergar vivir su vida. Eso es lo principal que nos mueve por el camino. Cuando hablamos de postergar la vida nos referimos a conformarnos con la rutina y con sus dosis austeras de libertad: los fines de semana y de año; sumándole los 15 días de vacaciones y sus 20 días feriados, que no son ni una pizca de la libertad soñada por un vagamundo, quien golosamente quiere vivir su vida las 24 horas, los 365 días del año y todos los años que pueda seguir viviendo dentro del cosmonáutico universo (no fue para eso acaso que nos dejaron acá en la tierra). La libertad no se cede ni se negocia a cambio de dinero ni a cambio de beneficios ficticios de comodidad.

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La naturaleza nos alberga en cada uno de sus recovecos…

Nos han mentido con alevosía en cuanto a lo que la felicidad es y cómo debemos obtenerla. Está claro lo rentable que es para el comercio inmobiliario y automovilístico que todos piensen que la felicidad está dentro de una casa que obtendrás a pagos descomunales por los siguientes 20 o 30 años de tu vida. O que tu felicidad es X marca de auto recién salido de agencia. ¡NOOOO! Puede que un carro te haga lo suficientemente feliz y te lleve a miles de lugares que desees conocer, pero en realidad son pocas las personas que viven su auto y su casa al máximo. Muchas veces ese auto solo nos es funcional para viajar de la casa al trabajo y viceversa, pocos agarran su auto nuevo para darle la vuelta al mundo. Y por eso pagamos el derecho de poseerlo trabajando 5 días a la semana, y sucede que los finde lo menos que queremos es montarnos al carro y manejar más de 50 kilómetros por el cansancio que acumulamos por la rutina laboral. Al final somos esclavos del auto que siempre está requiriendo nuevos repuestos, gasolina, impuestos anuales y miles de cosas más que hacen que tener un carro sea como tener un hijo (en el sentido económico y a veces en el sentido emocional también).

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Nuestros pies siempre son capaces de llevarnos a lugares más lejanos y más altos…

   Lo mismo sucede si compras una casa, vivirás en ella lo mínimo, a menos que trabajes desde ahí, te servirá solamente como un hotel al que llegas a altas horas de la noche totalmente cansado. A menos que hayas heredado la casa o que tuvieras el suficiente dinero ahorrado para comprarla, debes obtener un préstamo bancario que te atará al mismo lugar y al mismo empleo por el resto de tu burguesa vida. Solo después de una cantidad considerable de años podrás decir que es legalmente tuya y seguir trabajando para hacerle continuos arreglos. ¡SÍÍÍ!. Una casa también es como tener un hijo (en todos los sentidos). Esta se deteriora con los años, necesita arreglos, pagos de impuestos, ampliaciones, divisiones, segundas plantas, techos nuevos, pintura, sistemas de desagüe, muebles, pagos de servicios mensuales y un garaje decente para meter el auto recién comprado, y todo eso no lo cubre el préstamo que ya adquiriste.

   Cuando sos un vagamundo, la casa se lleva a todas partes y por todos lados hay calidez de hogar sin pagar una sola cuota mensual por ello. El problema es que esto no aplica para todos, muchos jamás se imaginan llegando a un lugar sin la certeza de saber dónde van a dormir o si podrán tener una cama. Un vagamundo es capaz de concebir el sueño y descansar hasta subido en un árbol o no dormir (como Danny). No hay mayor delicia que acoplarse a las circunstancias y extraer de ellas lo mejor. Creo que los mejores aposentos y camas en los que he estado son aquellos en los que he dormido cuando salgo de viaje improvisado, pero sobre todo el descanse está en sentirse afortunado de poder contar mínimo con un techo o una carpa. Ya eso te convierte en un ser privilegiado y protegido por el universo. No hay deudas pendientes que nos roben el sueño ni ladrones que puedan usurparnos.

 

(Para asimilar más sobre lo que dormir significa, leer el microrrelato La última cama del rey, que aparece en la sección de  microrrelatos)

 

   Un vagamundo cree que el futuro es una promesa no garantizable. Con esto nos remitimos a la manoseada e infaltable idea del tiempo. Su ir y venir no puede darnos otra cosa que un presente inacabable, un presente que nos exige comernos el tiempo en ese preciso momento porque no se sabe si tendremos esa misma disponibilidad dentro de un segundo más. Y no se trata de atragantarte con drogas hasta perder la noción de la pulsación de los pensamientos. La lucha social y cultural que buscamos no puede darse bajo el peso del control social que han establecido a partir del multimillonario negocio de las drogas. Sabido es que desde siempre las drogas han servido como una especie de sedante social que nos desvía de los verdaderos problemas. Solo basta recordar en Alemania el uso del LSD para experimentos durante la Segunda Guerra Mundial o la oleada de expansión de las drogas en EEUU en los años 60. Sin mencionar todo el lavado de dinero que se permite a través del blanqueamiento de ese dinero en los bancos. La muerte nos persigue a todos lados y sin darnos cuenta cada segundo vivido es un segundo robado a la muerte. Somos de alguna manera vencedores en una batalla que se juega en la sutileza del instante. Al viajar nos garantizamos el presente, nos comemos el futuro y le vamos sacando peso al pasado.

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La imaginación es suficiente para poner los colores que nos hacen falta para revolcar la cotidianidad.

   Lo realmente importante de vagamundear no es llegar a tal o cual lugar, ni el último día de viaje. Cada vida por más estática que sea se encuentra viviendo la experiencia del viaje, esto es ineludible y la mayoría de culturas indígenas lo ven de este modo, pero la diferencia que radica entre esta vida sedentaria y la del vagamundo es que este es capaz de atreverse a hacer ese viaje más tangible para el curso de su pensamiento. El vagamundeo es nuestra puerta a vivir el camino no como un medio para alcanzar el fin, sino el fin en sí. Por eso vamos siempre lo más lento posible, nunca conocerás una cultura sino vives en ella lo suficiente como para atisbar nociones de cotidianidad. Además el apuro y la prisa son invento de nuestro siglo capitalista y neoliberal, que pretende abarcar la mayor parte del tiempo de vida de todos en actividades superfluas que nos impidan la germinación de una conciencia sublimemente contestataria y reaccionaria. El viaje por su parte, nos permite informarnos de primera mano de los acontecimientos geopolíticos y socioculturales sin acaso haber albergado algún prejuicio.

Continuará.

 

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El camino no es el medio es el fin en sí…

 

 

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