Voces Vagamundas/ mayo 21, 2017

Haroldo Conti (1925- “desaparecido” por la dictadura militar en Argentina, 1976) sus relatos vagabundos fueron muchos y podemos viajar cada vez que nos sumerjamos en una de sus novelas: Sudeste, Alrededor de la jaula, En vida, Mascaró, El cazador americano. O ya sea en sus cuentos: Todos los veranos, Con otra gente, o La balada de álamo Carolina.

Es inútil pretender el retrato del escritor a través de su biografía, nada nos dice menos que su propia vida. Para ello es mejor remitirnos a sus propias palabras que al final es lo que quiere el escritor que sepamos de él. Nomás. Es por esto que los vagamundos creemos que en ningún lugar como en la literatura la verdad y la memoria confluyen, no hay equívocos, lo que queda es lo que se tenía que decir y que a la vez es lo que se recuerda de las cosas y al final es la manera en la que vivimos las cosas. Todo a través del bello filtro de la palabra que nos engolosina igualito que la libertad y más que la libertad la sed de caminos. Decirlo no siempre es fácil cuando se está tan lleno de abismos y a la vez de luciérnagas como lo estaba Haroldo Conti, pero cuando las cosas emergen escritas pueden quedar destinadas a seguir por ciertos rumbos en una carrera interminable y nunca es fortuito que nos encontremos con cierto escritor y que a este lo leamos como un amigo o un hermano que se perdió del tiempo, pero que permaneció en la historia para tirarnos salvavidas del pasado.

Haroldo Conti es uno de esos escritores que se autodenominó vagabundo y que erigía culto a la libertad que solo el camino y la incerteza pueden dar. Todos sus relatos nos lo cuentan y nos lo atestiguan, uno de sus relatos más vagabundo es El último hombre donde relata justamente cómo un buen día se hizo un vago y empezó a vivir en el centro de las cosas:

Allá iba yo silbando y pedaleando y el mundo tiraba de mí alegremente. Hasta que un día la verdad me golpeó en la cabeza, así de rápido y simple. Y fue el día que vi un verdadero vago tumbado al costado del camino. Estaba echado así como yo en este momento y aunque seguramente era la única persona que veía en mucho tiempo no se le movió un pelo cuando pasé junto a él arrastrando una nube de polvo. Sin embargo me bastó mirarlo a los ojos y comprendí en el acto. Yo iba de un punto a otro, él sencillamente estaba tumbado en el centro del mundo. Quiero decir que para mí las cosas se resolvían en distancias, estaban más o menos lejos y yo más o menos cerca, pero por mucho que me moviera no iban a cambiar demasiado. No pretendo que me comprendan, pero con sólo que hagan un esfuerzo sabrán lo que digo. Algunos, por supuesto. Los que todavía están vivos pero con el agua al cuello. Vendí la bicicleta en el primer pueblo que me salió al paso y volví al camino nada más que con lo que tenía puesto. Desde ahí arranca mi verdadera historia porque en cierta forma acababa de nacer. No les voy a contar esa historia porque sólo tiene sentido para un vago.                                                                                      Haroldo    Conti

¿No nacemos cada vez que salimos al camino una y otra vez? Y es raro porque uno llega a acostumbrarse a esa ingenuidad de ver las cosas por primera vez sin prejuicio razonable de nada, se acostumbra a la novedad de sentir lo cotidiano de otra forma a como lo está viviendo la persona a la que precisamente pertenece lo cotidiano, es raro que pueda entender esto de esa forma. No han enseñado a ver las cosas solo de reojo, sin especular sobre el origen o la causa, miramos sin mirar realmente, perdidos en el limbo de la desatención. Pero la literatura no funciona de esa manera, sino que gira en reverso un poco y nos muestra eso precisamente que no vimos o que dejamos de lado. De igual forma lo hace el camino, nos arma de unos espejuelos por lo que podemos ver todo con tonos intermitentes de claridad, liberados de vanidad.

El río es quizás uno de esos símbolos de nuestra libertad, el principal diría yo y quizás también Conti. El río es capaz de representar esas ansías de movimiento interminable que nos lleva a tener un cohete por cola y a andar de andariegos. La novela sudeste de Haroldo es una puerta para vivir el hermoso paisaje del río Paraná desde la mirada de un declarado vagamundo. Es raro que termine hablando de una novela que llegó a mis manos no por elección consciente sino porque uno no se aguanta no comprar un libro a un ínfimo precio y con un empaste tan resistente. Justo después de casi dos años de tenerla me da por abrirla un buen día, cuando ya era una vaga como Haroldo y creo que eso amerita también dedicarle un post, porque como decía este escritor, la escritura comprometida está imbuida en nuestras palabras sin estarlo y ese compromiso puede reflejarse también cuando hablamos de los otros, de los desaparecidos.

Acá les dejó el camino predispuesto para encontrarnos con un viajero incansable, en fin, con un vagamundo.

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