Voces Vagamundas/ agosto 27, 2017

En la ciudad de Tikal, palacios, templos y mansiones están deshabitados. Trescientos guerreros la abandonaron, seguidos de sus familias.  Ayer mañana, a la puerta del laberinto, nanas e iluminados contaban todavía las leyendas del pueblo. La ciudad alejóse por las calles cantando […] Se clausuraron las puertas de un tesoro encantado, se extinguió la llama de los templos. Todo está como estaba. Por las calles desiertas vagan sombras perdidas y fantasmas con los ojos vacíos.

Miguel Ángel Asturias. Leyendas de Guatemala.

Corría el 2012, el año del fin del mundo según pseudo-pronósticos escatológicos, como si el ser humano necesitase de tener un final palpable al cual temer, uno por el cual armarse de miedos y tenderse a la algarabía aniquilante de nervios y madre de zozobras y de cuentos sin fundamento más que el de la quimera. Mientras que dos vagamundos dábamos nuestros primeros pasos en el mundo perdido de los viajes y el vagabundeo sin pretender tragedias o imaginar suicidios.

Nuestros deseos de viajar se habían encendido tras muchos andares por nuestro país y ya nos picaba esa pulga de recorrer Centroamérica enterita, comérnosla a bocados calle por calle, lago por lago, como si estuviésemos en una carrera contra el tiempo por vivir y llenarnos de recuerdos fraternales, recuerdos indefinibles e indóciles al olvido. Recuerdo, por ejemplo, vívidamente, la cara de sorpresa de todos los viajantes cuando se enteraban que éramos dos hermanos que se llevaban una considerable cantidad de años de diferencia, pero que se llevaban mejor que nadie, con una cara empuñada de desvelos, con insignes plumas de garza bajo el deseo, sonrientes de principio a fin al igual que nuestros zapatos carcomidos por el cansancio.

Pido disculpas de antemano de no explayarme en una sarta de datos informativos sobre cómo llegar o qué planes son mejores, pues mi memoria corre a un ritmo surrealista y más que retentiva lo que la caracteriza es ese eje desmemoriado que la sostiene en trazos sueltos y fútiles. Lo único que puedo advertirles es que para llegar a Tikal si vienen desde Ciudad de Guatemala, el viaje será largo y una opción recomendada que nosotros aplicamos fue la de viajar por la noche, viaje que duró aproximadamente 8 horas, y así de una se ahorran el hospedaje de ese día.

Nuestros días sudaban desvelo cuando arribamos a Flores,  lugar que en lengua maya conservaba el denominativo de “noj petén” que significa «isla principal», lo realmente inquietante de este pueblo turístico y que antecede a Tikal por una distancia de 63 Km, más o menos, o 60 minutos en carro, es que es como su nombre lo indicaba: una isla rodeada por el lago Peten Itzá,  sus calles despiden colonialismo a leguas y su nombre actual se debe a uno de los primeros independentistas, Cirilo Flores, político que murió linchado y que participó en una de las revueltas frustradas que pretendían la temprana libertad desligada del liderazgo de los criollos adinerados, la denominada conjuración de Belén. En este pueblo es posible encontrar hostales que rondan los 7 dólares o menos y la comida de las ferias y fiestas de la ciudad siempre vivas, pueden pegar una salvada increíble a los afuereños con presupuestos limitados.

Mucho nos habíamos imaginado llegando al que era nuestro último destino centroamericano: Tikal, “el lugar de las voces” en lengua Maya. Ese recóndito lugar que formó parte del esplendor innegable de la Civilización Maya y que ahora se oculta en la selva impenetrable del Petén como testimonio “del tiempo viejo de las horas viejas” como nos dice Asturias, sin perder esa magia ancestral que flota por todo el parque. Creo no haber visto tanta vegetación y confluencia de ruidos salvajes juntos, tantos árboles con sus pechos al son de las nubes y sus ramas laberínticas tatuadas de agonía, el ruido de los pasos de las dantas junto a los quejidos de los jaguares justo detrás de tu oído arrinconándote el temor.

Nuestro presupuesto llegado a este punto ya se había agotado y no teníamos idea de cómo volveríamos a Costa Rica o en qué medios, pero valía la pena pagar nuestros últimos 300 Quetzales, equivalentes a 40 dólares para conocer lo que la historia precolombina nos heredaba, subirnos al mundo perdido para ver con nuestros propios ojos el movimiento de los astros que había inquietado tanto a los Mayas, el movimiento de los astros reflejado en el vaivén de las copas de los árboles, tendido sobre la multitud verdosa y asimétrica que guardaba a las voces indiferentes a la realidad adolorida que nos llevaba hasta este sitio sagrado.

Creo que lo más impresiona de los mayas es ese instinto de conservacionismo ambiental que se ve reflejado en cada estructura, diseñadas para durar por décadas sin la necesidad de cambios abruptos o el desperdicio de materiales de construcción innecesarios. Aunque gran parte de la ciudad ha sido sometida a constantes reconstrucciones que repelen el mordisco de la selva que está siempre latente. Las piedras se abrazan en una perfección envidiable, las torres continúan intactas en su vuelo a pesar de la lluvia milenaria, adueñándose de cúspides y borrachas de virtud. Sin ningún tipo de complejo ante la nimiedad de la existencia.

Una de las ventajas  de Tikal es que para conseguir la entrada no hay que hacer enormes filas o incluso esperar días pues el flujo de viajeros no es exacerbado como dicen que es el flujo para la entrada de Machu Pichu, una hora recomendadísima para llegar es la pura mañana o incluso optar por la zona de camping que se ubica dentro del parque, pues el sol a esa hora parece despertarse lentamente por detrás de los templos en un espectáculo tropicalmente conmovedor, pero igual les recomiendo visitar Flores en su visita por Tikal pues el lago es de una exuberancia inquietante e imperdible.

Entre los mamíferos, reptiles y aves que es posible encontrar en el parque, ya sea oírlos, presentirlos, ver huellas o solo imaginarlos, se encuentran el jaguar, el mono araña, la cotuza, el venado cola blanca, los cocodrilos, la chachalaca, el halcón reidor, el tucán acollarado, el buitre negro, el tucán esmeralda, el pizote, la cascabel, la zorra gris, el pavo ocelado, el águila arpía, el loro pecho rojo, la oropéndola, la jacana del norte y el gran faisán.

 

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