Voces Vagamundas/ noviembre 19, 2017

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Cuando pasaron entre el humo, pasaron suavemente, y luego se apoderaron del fuego. No pidieron el fuego los cakchiqueles porque no quisieron entregarse como vencidos, de la manera como fueron vencidas las demás tribus cuando ofrecieron su pecho y su sobaco para que se los abrieran.

           Popol Vuh

Debo admitir que llegué a Guatemala en 2012 y en especial a Atitlán bajo el velo de la más sincera ignorancia, sin nociones de la magnitud del tamaño que pueden alcanzar los lagos en Centroamérica, (solo imagínense la sorpresa que me llevé con el lago de Nicaragua recién pasando la frontera de Costa Rica) y es que Atitlán mire por donde se mire resuena origen volcánico y guerras más antiguas que las guerras más antiguas, este lago es un santuario de volcanes e historia indígena que aún sigue viva y sigue viva gracias al sincretismo religioso que ha permitido a los tz’utujiles, pueblo de tradición maya que habita las tierras altas del departamento de Sololá y tierras bajas del departamento de Suchitepéquez, emparentar su cosmovisión con las creencias implantadas por los colonizadores españoles.

 

 

El pueblo tz’utujil resistió en silencio y ni el Pedro de Alvarado pudo quitarles su lengua, su tierra, su don por allá del 1524. Dicen que fue uno de los pueblos que más se negó a la colonización de mierda que se les venía encima. Así es como Maximón, a veces muy sabio y a veces muy loco, es condenado a Iscariote por ser una figura de la tradición anterior a la llegada de los españoles. El abuelo no era capaz de morir, solo se desvaneció en el camino en medio de la montaña, cuenta la leyenda, dejando sus enseñanzas y su culto arraigado.El Rilaj Mam, como también llaman al abuelo-abuela Maximón, no pertenece a la elite católica, sino que este protector de los tz´utujiles bebe, fuma y parrandea como cualquier otro, además de prestar sus servicios como protector inclusive a otros seres sagrados. (Les debo la foto de esta deidad peculiar que usa corbatas, fuma y bebe).

El Memorial de Sololá nos ha dicho de todo sobre estos llamados los hijos de la flor de milpa, quienes todavía usan sus típicos huipiles dándole envidia al mismo arco iris por sus infinitas tonalidades. Desde Panajachel, pueblo que sirve de puerto y hospedaje a miles de turistas que parten y arriban desde todos los rincones de este lago, es posible sospechar el pedazo de historia cultural vivo que permanece rejego en Atitlán con tres testigos ineludibles como son los volcanes Tolimán, Atitlán y el San Pedro.

Tres vigilantes de la laguna

Atitlán está a tan solo 45 minutos de Antigua Guatemala y posee excelentes lugares para practicar senderismo como el volcán San Pedro de 3.020 metros de altura sobre el nivel del mar. Este volcán es uno de los 3 que vigila la laguna. Su acceso es permitido siempre y cuando tengas un guía local, que en nuestro caso fue un tzutujil de unos 55 años con una condición insuperable de tanto subir y bajar el volcán. Para senderear por el volcán es necesario llegar a una de las comunidades más visitadas por el turismo después de Panajachel, San Pedro La Laguna, pueblo que curiosamente llaman como San Pedro la locura por su ambiente noctámbulo encendido y sus múltiples bares con vista al lago. Debo decir que estos pueblos y sus ambientes se coordinan para hacer microclimas, como le diría yo a este cambiante modo de vida que se da de un pueblo a otro en cada extremo del lago.

 

Escalando el volcán San Pedro

 

La subida hasta el cráter del volcán es bien exigente y empinada, nosotros no nos habíamos preparado bien con las comidas y tuvimos que irnos improvisando y haciendo cara de muertos de hambre cuando ya en la cúspide los demás senderistas hacían banquete con tortillas de maíz morado y aguacate, por dicha la flacura extrema natural de Mel ayudó a que nos convidaran y ya comidos pudimos disfrutar de la altura, el aire que corre por encima de las nubes, el lago desde otra perspectiva. El camino con los guías locales tz´utujiles se convierte en toda una experiencia cultural si eres preguntón como yo que me la pase aprendiendo el tz´utujil a pesar de que el agua se nos acabó desde arriba y la bajada prometía estar igualita de extenuante. Nunca había experimentado tal necesidad de agua, en medio camino mi garganta seca era mi peor tortura y tuve que vomitar varias veces por la deshidratación, pero igual bajé e igual volvería a subir. La vista desde arriba da la impresión que las fotos fueron tomadas desde un avión.

 

 

San Marcos

 

San Marcos es uno de los pueblos del lago que más logró calar en mí. Su puerto de llegada angosto, formado por unos cuantos tablones en medio de la nada que era la totalidad misma por los tonos del lago y el cielo fundiéndose en un celeste, con una sarta de niños esperándote con su perfecto inglés, no te anticipan la paz que se vive ya estando instalado en cualquiera de los camping o cabinas. San Marcos es un lugar perfecto para senderear y perderse por toda la maraña de rutas angostas. Sí, un pueblo de rutas sin calles, sin aceras, sin carros. Solo caminantes de aquí para allá sumergiéndose en entradas insospechadas. Las noches noctívagas se prestan para observar el lago toda la noche perdido en las sombras, los viajeros se reúnen en casitas de madera y se comparte la música y se habla y se come con todos los idiomas fuera del bullicio y del escándalo de San Pedro la locura. Raque Vaga.

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