Voces Vagamundas/ diciembre 20, 2017

Era un pedazo de hielo pensante. Me parecía que era una estatua tallada en un témpano, y esta disparatada alucinación me llenaba de orgullo y me producía un bienestar moral que no podría definir.

Los paraísos artificiales.  Charles Baudelaire.

*Torroifa: del indígena malécu que hace referencia al basiliscus plumifrons, basilisco verde o de doble cresta.

El encuentro parecía indispensable y nada fortuito, se fraguaba desde hace miles de años atrás en la intimidad de la montaña, tan cerca de toda la libertad anhelada. Se fraguaba por la simple necesidad de esa complicidad con la esencia de la tierra que todos los seres melancólicos padecemos, con ese sigilo fufurufo y su anatomía arquitectónica y pleistocénica vino a posarse tan cerca como si nuestras diferencias de tamaño no fueran abismales, como si en medio de nosotros pudiese descifrarse el cosmos con tres colores y una mirada, como si recién saliese de un alquímico cuadro de Remedios Varo para entregarme el elixir de la vida, el secreto indómito de la trasmutación o el ritmo del horizonte, todo en una mirada que se perdía en la espesura de la luz de fondo, donde hojas en perfecto desorden rendían tributo al sol hierático y tímido que se colaba silente y anónimo perdiendo toda su elegancia faraónica y onírica.

El encuentro parecía concertado en el umbral de las sombras, repito, y servía para revelar el secreto del misterio bíblico de Jesús de caminar sobre las aguas, nunca hubo tal misterio, la solución no era la capacidad de volar o de perder de golpe  nuestra inherente interacción gravitatoria, ¡no!, todo se basa en la velocidad de arranque y despegue de unos lóbulos dérmicos, una velocidad irrepetible que es como el pulso del núcleo de la tierra, donde el osmo, el iridio y el níquel se reproducen en lapsos insustituibles.

Después de nuestro encuentro donde nació esta fotografía, la curiosidad me llevó a estudiarlos por días, pero más importante que eso me llevó a descubrirlos a cada orilla de calle por las que iba en la Zona Norte de Costa Rica, donde abundan, era como si de repente tuviese la capacidad de distinguirlos de reojo a kilómetros de distancia con su camuflaje indescifrable e inmóvil, supe de sus múltiples nombres, Teterete le llaman el México y Cherepo en Costa Rica. Lamentablemente como casi todas las especies de nuestro planeta, ha sufrido de los embates de los caprichos humanos, este animalito oriundo de América Latina ha sido perseguido comúnmente para conservarse de mascota exótica y muchas veces desde mi experiencia, son encontrados muertos en carretera por las altas velocidades de circulación.

Su nombre viene de un infortunio generacional puesto que de parte de la historia griega viene de un ser mitológico catalogado como el rey de las serpientes, capaz de aniquilar con la simple mirada a quien osase mirarlo fijamente.  En mi caso creo que más que petrificar lo que ha hecho es enamorarme con sus tonalidades verdes y celestes irrepetibles y ese agradecimiento que siempre le tendré por haberme perdido el miedo y acercarse lentamente como haciéndome consciente de su metamorfosis, de su impenetrable lucidez reflexiva capaz de desbordar el misterio de su inexpresividad. Raque Vaga.

Fotografía: Raque Vaga…

Basiliscus plumifrons

 

 

 

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