Llegamos a Colombia en medio de la treta de la democracia que significan las elecciones por estos lares. Llegamos para darnos cuenta que el proceso electorero se aplica con la misma saña en todos los países latinoamericanos y que las que terminan ganando siempre son las empresas extractivistas, que nunca son nacionales, pero que igual se llevan lo que pueden y más, dejando a su paso la más evidente estela de despojo, destrucción y miseria. Así como problemas de microminerías ilegales.
El voto no deja de ser una mercancía cotizada en el mercado al mejor postor, como cada uno de los recursos que pueden llegar a abundar en ciertas zonas, como lo constituye el caso del Putumayo como parte del gran mundo que es el Amazonas.
La gente de Colombia no puede dejar de pensar en Putumayo como una zona de conflicto y es ahora donde la paz rezumba por las calles mocoanas y putumayenses que las trasnacionales quieren llegar a instalar un nuevo y viejo conflicto.
La minería a cielo abierto históricamente solo ha demostrado ser un retroceso al progreso de un lugar, atrayendo las miradas avaras a las montañas desde donde aún nacen las aguas insumisas y puras. Donde crecen los árboles milenarios que con su silencio cuentan una historia ancestral de vida y de lucha.
Antes fue en el Putumayo el conflicto por la exploración petrolera y ahora la extracción de oro, platino, zinc, plata y otros metales asociados los que están en juego. No es del asombro de nadie que sea una empresa canadiense la que cuenta con la concesión de la explotación, una que en el gobierno de Santos cambió de nombre como usualmente hacen estas trasnacionales de mierda para evadir impuestos. Esta concesión fue otorgada desde el fatídico gobierno de Uribe, nombre que resuena en la boca de los colombianos como si del tío malo o a un santo se refiriesen.
El bosque tropical húmedo y sus ríos, que está de más decir que forman una cuenca hidrográfica de gran importancia, se verían expuestos a ser el desagüe de la explotación sin control ambiental que aplicarían y que solo traería que los problemas de sequía y calidad del agua que ya afectan a la zona se incrementen en forma exponencial. Los putumayenses ya viven desde hace rato el mal servicio del agua y su faltante así como de electricidad como si de la norma se tratase.
La minería representa además la vulnerabilidad de las etnias y comunidades indígenas que habitan la zona y que serían las que primero, como dicta la memoria histórica, se verían desalojadas.
La oposición al proyecto existe, aunque sigiloso y lamentablemente silencioso en la zona. Nosotros pudimos presenciar el poco apoyo civil que tiene la causa. Una mañana en Mocoa el perifoneo anunciando una marcha contra la minería nos despertó y nos emocionó darnos cuenta que al siguiente día presenciaríamos y seríamos parte de la lucha que debe emerger desde las calles como resistencia. Para nuestra decepción y desencanto pocos fueron los que asistieron a la marcha por la lluvia incesante y variablemente intermitente que cae por estos meses. Solo los índigenas parecen apropiarse de la lucha y entre estos nombres resalta el del taita Juan Manuel Sigindoy del resguardo de la etnia Kamentsa Inga. Resguardo que se vería afectado en el Alto Putumayo.
Creo que los viajes más que permitirnos turistear por x o y lugar deben servir para que nos apropiemos de las luchas que al fin y al cabo terminan afectándonos, querámoslo o no.

Raque Vaga…

 

 

Por el arte

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