Cerca de la frontera más boscosa de mi país, justo en las montañas altas, fue que sucedió la muerte de un terrateniente extranjero, una historia que aún está presente en mi recuerdo y en la mente de algunos pobladores, sobre todo cuando alguien llega con la intención de comprar tierras. No muy lejos de aquel recóndito lugar, junto a un lago inmenso de agua dulce, vivió un silencioso obrero que el tío Noel había contratado para trabajar en nuestra finca, ya que necesitábamos a otro peón más para que se encargara del cuido de animales en una de las zonas donde teníamos más problemas con el robo y la matanza de ganado. Desde varios meses atrás estábamos luchando contra el hurto de animales en nuestra tierra. Todas las noches se desaparecían las bestias en las zonas donde no había vigilantes. Más tarde aparecían rastros de sangre y los restos descuartizados de los animales desafortunados que caían en las manos de los ladrones, quienes dejaban únicamente los despojos que no eran comerciables.

            Así que Chungo, como apodaban al nuevo peón, venía a laborar en la vigilancia de nuestras tierras y animales, que no eran más de cincuenta cabezas de ganado vacuno en territorio selvático, un espacio de caminos solitarios rodeados de árboles, senderos que parecían interminables, un sitio de trabajo duro y largas jornadas de cansancio extremo para ver la tierra producir, porque también dedicábamos gran parte de nuestra labranza a la siembra de plantas sagradas y medicinales.  Mi abuelo, quien era dueño de la propiedad, decía que él había preferido los lugares altos y selváticos porque se sentía más cerca de la naturaleza, además por el frío que lo mantenía despierto. Las tierras en la llanura no le gustaban porque le parecía que la vida en esas zonas era más hostil y que a los peones no les gustaba trabajar, decía que el sol los cansaba muy rápido.

    Precisamente se necesitaba equilibrar la fuerza de trabajo en la finca, puesto que el abuelo no tenía la misma energía de antaño. Yo, aunque solo contabilizaba doce años, me esforzaba al máximo por ayudar a los trabajadores y ganarme el respeto de todos. Mi tío Noel era un hombre fuerte de treinta años, quien se dedicaba a cuidar el capital que con esfuerzo y trabajo había logrado acumular el abuelo. Noel había heredado la energía laboriosa, esa madurez para asumir el control de los acontecimientos diarios entre la selva y el campo. Su responsabilidad era cuidar la naturaleza, las siembras y los animales, que eran a fin de cuentas lo que más preocupaba al abuelo en aquel tiempo. Yo me había venido a vivir con ellos dos porque odiaba estudiar y vivir en la ciudad. Me parecía más interesante el trabajo en la selva, así que mis padres me dieron la oportunidad de permanecer un año en aquel ambiente rural.

Pocos meses antes de mi llegada, los vecinos más antiguos y cercanos que tenía mi abuelo le habían vendido trescientas hectáreas a un peculiar extranjero que había llegado al pueblo. El foráneo poco a poco se fue apoderando de todas las tierras hasta que solamente le hacía falta la pequeña propiedad de mi abuelo. El hombre, quien era un tipo joven, se llamaba Jaque. Se había merecido la fama de intimidador y violento, puesto que se alteraba fácilmente cuando daba órdenes hasta el extremo de golpear a sus peones. Estos hombres eran quince campesinos muy sencillos y dóciles a los cuales él los tenía viviendo en condiciones paupérrimas. El desgraciado no les pagaba legalmente ni les dotaba de buen alimento. Ellos trabajaban más de catorce horas y cuidaban grandes extensiones de tierra, cada una más grande que nuestra propiedad.

    Mi abuelo le tenía desconfianza al extranjero y a sus peones. Desde que supo de su presencia en el pueblo, lo había vinculado con los crímenes que ocurrían contra los animales de la zona. Por esa sospecha, el viejo mantenía los ojos bien abiertos y constantemente les recordaba a los labradores estar atentos a cualquier situación anómala. Los trabajadores en nuestra tierra cumplían un horario fuerte de diez horas, pero todos los días cocinábamos y compartíamos los alimentos con ellos. Además, el trabajo principal y que más desgastaba nuestras fuerzas era la siembra y la recolección. En total éramos quince personas y con el abuelo sumábamos dieciséis. Fue así hasta que un mal día encontramos los restos de tres animales y el cuerpo de un humano tirados en una fosa de nuestra tierra. Al hombre lo habían matado y descuartizado como lo hacían con el ganado. La cabeza se la habían cortado y clavado en una estaca como una señal de intimidación para el resto de los trabajadores, quienes después del suceso poco a poco fueron renunciando. El tío Noel no quiso que yo viera lo que quedaba del cuerpo de Chungo, pero no obedecí su restricción y fui hasta el hoyo donde lo habían tirado, así que puede ver los restos del cuerpo decapitado y cómo los habían silenciado para siempre. Cada una de sus extremidades estaba separada como si tratase de un juego macabro que apenas iniciaba y del cual yo era partícipe.

    Tres días después de que la policía investigara superficialmente el suceso, se presentó el extranjero frente a la casa de mi abuelo para insistirle en que le vendiera toda su propiedad. El tipo viajaba solo en su propio automóvil, traía puesto un ridículo sombrero negro y unas botas blancas que le acentuaban su imagen de malhechor.

—¿Para qué desea usted mi pequeña tierra, si ya compró todas las que quiso? —le preguntó mi abuelo.

—No todas las que he querido, me falta la suya anciano. La voy a obtener por las buenas o por las…, usted sabe lo que sigue. Mejor evítese más desgracias y viva sus últimos días en paz —le dijo el extranjero en un tono intimidante y burlesco.

    Mi abuelo le exigió que se fuera de nuestra tierra y juró que jamás le vendería ni un metro.  Mientras tanto, el tipo se burlaba de él y miraba a todos los que estábamos ahí como memorizando nuestros rostros para identificarnos en el futuro. Días después el tío Noel desapareció. Todos salimos en su búsqueda, pero él no daba señales de estar por ningún lugar y el abuelo empezó a inquietarse. Los pocos peones que quedaban trabajando para nosotros sospechaban una desgracia y que Noel había sido la siguiente víctima. Fui yo quien lo encontró descuartizado en un sendero lejos de la casa. Su cabeza estaba separada del cuerpo y los ojos aún permanecían abiertos. Le bajé las pupilas y traté de reunir sus partes para que el abuelo no lo viera así, puesto que con un alambre le habían rodeado el cuerpo encarnándole cada púa hasta penetrar en sus huesos, igual como lo habían hecho con Chungo y con otros tantos hombres que trabajaban cuidando las tierras que al principio sus antiguos dueños no querían vender.

   La policía llegaba siempre y montaba un espectáculo. Pretendían buscar posibles culpables donde no los había, aunque todos sabíamos quién era el responsable de los crímenes. Ellos no se atrevían a profundizar en los casos, porque el dinero no solamente compraba las tierras, sino también la voluntad de la justicia. Le dijeron a mi abuelo que no habían encontrado pistas ni evidencia que les ayudara en el hallazgo de uno o varios culpables. El investigador a cargo prometió volver con avances y juró darle un punto final a ese caso. Lo dijo en ese momento para reconfortar la energía decaída del viejo, quien estaba devastado por lo sucedido.

    Para ese entonces yo no sentía miedo y experimentaba más bien un intenso deseo de venganza. Mi abuelo quiso enviarme a la ciudad de inmediato cuando mis padres llegaron para asistir al funeral de Noel. Ellos me insistieron enérgicamente que regresara a mi casa donde mi vida no corriera riesgo; no obstante, yo jamás regresaría a vivir con ellos y dejar al viejo en esas circunstancias. Algo dentro de mí me daba la certeza de que el detestable extranjero no ganaría el juego siniestro que había iniciado. Tuve que improvisar una mentira a mis padres y jurar que me iría unos días después para no abandonar al abuelo tan pronto. Ellos accedieron fácilmente, les pareció noble mi actitud y entre otras verdades nunca en sus vidas tuvieron la potestad de negarme lo que yo les pedía.

   Posteriormente, acompañé al abuelo en su tristeza y comprendí todo el daño que le había causado la pérdida del tío Noel. El viejo sentía que había sido en vano todo el esfuerzo y trabajo de sus años pasados. Fue en ese instante que me atreví a revelar mi impetuoso pensamiento antes de que mi abuelo se rindiera y permitiera que el miserable Jaque le ganara la partida. Me acerqué al viejo, lo abracé y mirando sus ojos le propuse que matáramos al extranjero, que no era imposible para nosotros dos. Sabía que podía aprovechar ese momento emocional y convencer al abuelo de que nada perderíamos con intentarlo. Los ojos del anciano se me quedaron viendo fijamente y me afirmó con la cabeza. Su anhelo de desquite era tan grande como el mío, pero él necesitaba la chispa de mi ánimo.

   Esa misma noche nos quedamos cavilando nuestra revancha contra el voraz extranjero. Habíamos planeado hacerle creer que sí le venderíamos la propiedad. A la mañana siguiente yo lo fui a buscar para comunicarle que mi abuelo quería negociar la tierra. El extranjero me miró sínicamente y contestó que él estaría reuniéndose con nosotros el viernes a la hora del almuerzo. La tarde en que Jaque fue buscar a mi abuelo por primera vez iba solo en su automóvil, así que el viejo y yo calculamos cada detalle tomando en cuenta incluso que quisiera venir acompañado con alguno de sus esclavos.

     Mi abuelo había aprendido de sus ancestros a cocinar un brebaje con hierbas sagradas que paralizaba el cuerpo de las personas, pero que no las mataba. Así que por la noche se quedó preparándolo para convidar a nuestro invitado. Yo me encargaría de servírselo, mientras mi abuelo le apostaría la propiedad en una partida de ajedrez como un anzuelo para distraer y entretener al desgraciado. Mi viejo siempre usaba un poncho para cubrirse, así que escondería su arma bajo el abrigo por si acaso era necesario y algo salía mal. Ninguno de nosotros dos quería matar de un tiro al maldito extranjero, pues deseábamos disfrutar de su muerte lentamente.

      Jaque llegó justo al medio día. El frío de ese mes congelaba hasta las palabras y el sol ni se veía en el firmamento. Mi abuelo y yo habíamos topado con buena suerte porque el extranjero venía sin compañía. Ambos supimos actuar con naturalidad, así que el viejo le ofreció un campo en la mesa y se sentó a conversar pacientemente sobre la venta de la propiedad aludiendo cansancio. Le dijo que yo era muy joven para encargarme de las responsabilidades que Noel tenía y que todos los peones se habían ido por verse en un juego perdido, así que lo mejor en ese momento era vender. El extranjero no entendió muy bien lo del juego perdido e hipócritamente mostró condolencias por la muerte de mi tío.

    Para darle un giro más interesante a la conversación, el abuelo retó a Jaque y le dijo que solamente le vendería la propiedad si al menos lograba ganarle una partida de ajedrez esa tarde. El extranjero soltó una risa descarada y aceptó como si fuera cosa de niños. Yo estaba más que entusiasmado con nuestra actuación.

—Ofrécele algo de beber al señor Jaque —me dijo el abuelo.

—¿Desea beber algo señor? —le pregunté al infeliz.

—Sí claro, sírveme una bebida caliente porque el maldito frío me está matando y debo ganarle al menos una partida a su abuelo—respondió Jaque.

—Y usted abuelo, ¿qué quiere beber? — le pregunté a mi viejo para disimular.

—No, yo estoy muy bien, el bendito frío me mantiene despierto— respondió él.

      Mientras yo iba caminando por la bebida y un trozo pan para nuestra víctima, llegué a sentir una felicidad inconmensurable. Al regresar simplemente le puse una jarra al lado junto con el pedazo de pan que no alcanzó a comer, porque después de beber el primer sorbo Jaque se quedó sin movimiento, ni siquiera podía hablar, se le habían congelado las palabras y solamente emitía ligeros intentos de auxilio. Así que siguiendo el plan, le cubrí la boca con una mordaza, le amarramos las extremidades con sogas, lo montamos sobre una mula y caminamos hasta donde yo había encontrado el cuerpo descuartizado de Noel. Justamente ahí desnudamos a Jaque y lo atamos a un árbol para que sintiera durante la tarde y noche el intenso el frío que minutos antes él había maldecido.

    Yo me había inspirado desde el día anterior. Tenía preparadas mis herramientas de tortura, la misma estaca y el mismo alambre con filosas púas que saqué del cuerpo esparcido de Noel. El abuelo había traído una tenaza con la que primero empezó a sacarle completamente las uñas de los dedos, tanto de las manos como de los pies. Seguidamente, el viejo le dejaba caer pequeñas gotas de combustible por los nervios y la carne descubierta. Jaque se retorcía y sus ojos querían huir de la realidad que estaba viviendo en ese momento desesperante. Yo estaba inquieto y con ganas de seguir el juego macabro, luego el abuelo me permitió amablemente rodearlo con el alambre. Como mi fuerza no era suficiente, decidí ayudarme con la mula, mientras tanto mi abuelo lo observaba a los ojos.

—Jaque mate, Jaque mate…, no creyó usted que sería fácil ganarle a este viejo­ —concluyó mi abuelo y no le dijo nada más.

    Justo cuando yo me disponía a cortarle una oreja al condenado, el abuelo detuvo mi mano para advertirme que solamente permitiría que yo realizara ese último acto, porque todo lo demás le correspondía a él para saciarse y vengar la muerte de su hijo Noel. Al principio discutimos, puesto que yo también quería vengarme, pero luego entendí al viejo y me dispuse a vigilar los alrededores para evitar que alguien nos hallara. El suplicio duró toda la noche hasta el día siguiente. Después de aquel frío amanecer, el abuelo por fin lo decapitó y me pidió que fuera a perder los restos en alguna de las tierras en las que el recién decapitado era dueño. Así lo hice.

    Una semana más tarde llegó el investigador a visitar a mi abuelo. Le preguntó que si sabía algo sobre el homicidio del señor Jaque, ya que algunas personas en el pueblo aseguraron que antes de que él desapareciera, se había dirigido por estos rumbos a negociar nuestra tierra. Mi abuelo no le dio importancia a la interrogante del investigador.

—¿Ya tiene pistas sobre los culpables de la muerte de mi hijo? —preguntó seriamente el abuelo.

—En este momento no tenemos nada —dijo el investigador.

— ¡Qué malas noticias me trae señor!, pues usted me prometió que daría punto final al suceso de mi hijo y ahora mismo trabaja en otro caso, ¿no cree que debería seguir un orden? —le aconsejó el abuelo—. Cuando una persona trata de abarcarlo todo al final no logra cubrir nada, eso acontece siempre en cualquier ámbito laboral y de la vida señor investigador. Es posible que cuando usted encuentre a los asesinos de mi hijo Noel, quizá hallará también a los culpables de la muerte de Jaque —concluyó el abuelo.

   El investigador sintió el tono irónico de mi abuelo y miró el destello de mis ojos saciados. Se quedó observando el ajedrez que estaba sobre la mesa y mi abuelo lo retó a un juego, pero él no quiso jugar. Yo le ofrecí una bebida caliente y un pedazo de pan; sin embargo, el tipo no aceptó mi ofrecimiento y se marchó. Seguramente no le inspiraban confianza mi rostro infantil ni las canas del viejo. Esa noche el abuelo y yo también jugamos ajedrez hasta el amanecer mientras recordábamos la cálida compañía del tío Noel.

                                                                                    El Mae… Danny

 

 

 

 

 

 

Deja un comentario