El imprescindible lugar de las mariposas amarillas

 

   Cuando supe que iba a morir fue por un diagnóstico médico. La enfermedad que padecía no era conocida por las personas más afamadas y prestigiosas en el ámbito de la salud en mi país ni por los de ninguna otra parte del mundo, según afirmaban quienes atendieron mi caso.  Fue entonces cuando mi madre perdió su fe y sin hacer caso ante los mandatos del sacerdote, me llevó a consultar a todos los curanderos que le recomendaban los vecinos, pero ninguno de los que visitamos le pudo prometer mejorar mi salud en lo más mínimo, por el contrario, con cada día que pasaba me sentía más débil y con menos deseos de salir. Esa realidad atormentó mucho a mi madre, la pobre no dormía por practicar conjuros y encantos engañosos que jamás sirvieron de nada.  Toda esta situación fue lamentable también para mí, pero no por la sensación de la muerte, sino por ver a mi madre desgastando día a día su existencia para tratar de salvar la mía.

   Las posibilidades de que yo pudiese cambiar mi destino eran nulas o por lo menos eso creía yo, este pensamiento fue así hasta que un día, durante el mes octubre, volvieron al pueblo una familia de gitanos que siempre llegaba a comerciar con la comunidad.  La gente los admiraba y al mismo tiempo los reprendía, la razón era por todas las novedades y curiosidades que traían desde muy lejos, las cuales dejaban atónitos a quienes las veían. La primera vez que me acerqué al espacio que ocupaban con sus carpas en el parque público, junto a la iglesia, fue porque mi madre había escuchado rumores de que uno de ellos, un gitano corpulento llamado Melquíades, hombre sabio y honrado, poseía conocimientos milenarios y cosmogónicos, incluso sabía la cura secreta que podía salvarme. La insistencia de mi madre me convenció de caminar hasta la carpa donde estaba él, quien me miró a los ojos, jamás olvidaré sus ojos penetrantes y esa barba montaraz, se fijó en mi palidez y no me dijo nada, de inmediato se dirigió a mi madre pidiéndole que saliera de la carpa. Afuera le dijo que sí podía curarme, pero que solamente podía decirme a mí cómo hacerlo. Mi madre no entendía las razones, pero aceptó. Melquíades le afirmó que la cura solamente dependía de mí y de la voluntad para decidir obtenerla.

   Para ese entonces yo era una joven de dieciséis años con apariencia de anciana, mi contextura era muy delgada y mi rostro mostraba un marcado aspecto cadavérico. Lo único que me importaba conseguir en ese momento era la sonrisa de mi madre, porque sabía que mi muerte le dejaría un gran dolor; sin embargo, yo no tenía una cura para ese sentimiento. Me reconfortaba saber que después de mi ausencia pasarían los años y su memoria perdería el mayor rastro de mí y pasaría a ser uno menor. Melquíades entró nuevamente a la tienda después de haber conversado con mi madre, se me acercó lentamente y me observó con detenimiento.

─Bueno ─dijo─.  Si quieres vivir tendrás que viajar conmigo muy lejos, solamente debes tener voluntad de irte y seguirme.

   Después de escuchar su particular voz, me quedé pensando en el significado de todas aquellas palabras. Pensé de súbito que él estaba loco, porque mi condición de salud no me permitía caminar y podría ser una carga para los demás en cualquier viaje, pero después de que había visto sus ojos, descubrí que me hablaba en serio.

─Explícame por favor ─ le dije suavemente─ Acaso no ves que no puedo ni moverme.

   Entonces Melquíades se acercó y estiró su mano izquierda, me entregó un brebaje que me pidió que lo bebiese hasta la última gota. Yo no dude en hacerlo, porque estaba confundida y creí que se trataba de la cura y que la idea de viajar había sido una broma de mal gusto, así como el líquido que bebí.

─Esa no es la cura ─me dijo─ Se trata de un compuesto que permitirá a tu cuerpo fortalecerse para emprender el viaje hasta donde está la cura definitiva. Debes saber que tendrás que venir sola con mi familia y conmigo, así que tu madre debe quedarse y es mejor que ella no sepa nada de este asunto porque jamás lo entendería. Es preferible que piense que desapareciste o que abandonaste tu casa; sin embargo, puedes dejarle una carta explicándole que nos seguirás hasta un pueblo muy lejos de aquí llamado Macondo y que luego en octubre regresarás con nosotros. El viaje durará unos cuantos meses, llegaremos a ese pueblo en el mes de marzo y recuerda que nos marcharemos el sábado en la madrugada.

   Así lo hice, después de que terminó sus últimas palabras salí con mucho entusiasmo de su carpa, parecía en realidad que me había curado totalmente y mi madre al verme notó el cambio de inmediato. Ella empezó a sonreír sin sospechar que muy pronto yo la dejaría sola y triste nuevamente. Esto no lo hacía por ningún acto de rebeldía ni descontento con mi madre, por el contrario, lo hacía porque confiaba absolutamente en ese hombre extraño que con solo mirarme me daba la certeza de que encontraría la cura para mi enfermedad y la tranquilidad para mi madre. Entonces seguí el consejo del gitano, le dejé una carta a mi madre que en resumen le expresaba todos mis sentimientos y en la cual le juraba que volvería en un año y que si no lo hacía era porque había encontrado un mejor lugar para mí dentro de este mundo lleno de trivialidades. Me escapé por la ventana a media noche, porque Melquíades me había dicho que se iría en la madrugada. Cuando llegué al parque, los gitanos estaban quitando las carpas. Yo había perdido mucho cabello por el mal estado de mi salud, así que Melquíades me regaló una peluca muy larga.

─Cuídala ─me dijo─ Perteneció a una joven llamada Sierva María. Yo no la conocí, pero quien me la entregó juró que valía mucho por la historia que guardaba. A mí me cautivó por lo larga que es, pero esa es otra anécdota que algún día leerás.

   En realidad, no cuestionaba nada de lo que él me decía, así como tampoco hablaba mucho con la familia gitana. A lo largo del trayecto, me esforcé por no ser una molestia y a pesar de que a veces me sentía débil por culpa de la extraña enfermedad que padecía, realmente me esmeré para seguir en la interminable ruta hacia Macondo. Fue así como después de tres meses de viaje continuo sin detenernos solamente para comer y dormir, que nos detuvimos y montamos las carpas en una región llamada Sabaneta, cultivada de tabaco, algodón y caña de azúcar. La tarde que llegamos tendimos las carpas cerca una iglesia, ahí un grupo de niños se acercó atraídos por el sonido de una ocarina ancestral que yo llevaba conmigo, el único regalo material que poseía de mi padre, quien había fallecido a causa de una enfermedad similar a la mía o por lo menos eso dijo mi madre. Uno de los niños se quedó hablando conmigo toda la noche, se llamaba Hugo. Jamás había conocido a una persona tan elocuente que fuera menor que yo, pero él se ganó un lugar en mi memoria por sus interesantes perspectivas de vida. Me decía que esperaba ansiosamente ser un adulto para servirle a la patria y que quería luchar por la justicia social en su país y en el continente entero. Por un momento pensé que Hugo era un ser supremo, capaz de explicarme las complejidades de los adultos en su voz de niño cósmico. Un mes completo compartí con él, me llevó a recorrer los sitios más hermosos de su pueblo, mientras los gitanos comerciaban y mi enfermedad parecía haberse olvidado de afectarme. Cada día llegaba temprano a mi carpa para despertarme y empezar una nueva aventura, la cual estaba llena largos discursos en donde yo callaba y él me explicaba sus intenciones de unificar a la sociedad a través de una revolución. Me juró que lograría todo aquello que me esbozaba, al mismo tiempo me pidió que prometiera que lo visitaría si en alguno de mis viajes decidía volver a Sabaneta. Cuando los gitanos decidieron que debíamos irnos y continuar nuestro viaje hacia Macondo, abracé fuertemente a Hugo y quise llevármelo conmigo, pues logré sentir amor por él, un sentimiento fraternal que no se justificaba por la falta de hermanos en mi familia, sino por el respeto inmensurable que me dejó su pensamiento y que jamás nadie borraría de mi mente.

   Después de alejarnos de los campos y sembradíos de Sabaneta, se vislumbraba un largo trayecto, quizás más extenso que la travesía que habíamos recorrido.  Sinceramente todos los pueblos se me fueron pareciendo hasta que por fin, precisamente en el mes de marzo, como había asegurado Melquíades, llegamos a Macondo, lo supe por la expresión en el rostro de sus pocos habitantes y la mirada de los gitanos, quienes parecían estar muy alegres de llegar también a ese imprescindible lugar de las mariposas amarillas. Melquíades se comunicó conmigo a través de sus ojos y me hizo saber que había llegado el momento de aceptar que estaba curada, pues la brisa que corría en el territorio de Macondo, me liberaba de cualquier padecimiento o enfermedad existente. Quise quedarme a vivir en ese lugar y convertirme en una gitana más al lado de mi nueva familia y su recorrer vagamundo, pero había hecho un juramento que jamás incumpliría, porque Melquíades me enseñó entre tantos otros saberes a cumplir las promesas que se le hacen a una madre, así como Hugo me enseñó el valor de la patria.

Danny Andrey Chaves Gamboa

Centroamérica