Fui puesto en una celda aislada del resto, la luz que entraba era poquísima, las cucarachas tintineaban por las paredes y las arañas hacían sus nidos prudencialmente cerca de mis oídos. Yo las hacía fracasar con mis dedos enroscados una y otra vez y ya después por la madrugada lo lamentaba cuando ya los zancudos eran legión y más hambrientos que nunca. Nadie de mi familia supo que fui puesto en prisión, a excepción de mi hermana que llegaba cada mes a dejarme ropa limpia y algún bocadillo casero. Al salir podía oírla rezar en silencio por mi alma. Sara no podía resistirse al desencanto. Para ella todo tenía que funcionar a la perfección, fue la alquimista de la familia. Antes de cumplir los dieciséis se había ido de la casa con un neerlandés que la convenció de viajar por todo el país dando conciertos con su clavicordio. La voz de Sara era espeluznantemente armoniosa y sencilla. Lo que más extrañé al ella irse fueron sus cantos matutinos que se colaban por entre las paredes de la madera. Nuestra relación siempre sufrió la incomprensión del resto de la familia.

Pasaron los días sin que me trasladaran de pasillo, no veía a nadie, la comida era lanzada por la ventanilla una vez al día. Nunca vi la cara de algún guardia. Pensé muchas veces que mi cordura se convertiría en una enorme pared gris que se instalaría frente a la ventanilla y ya no me dejaría reconocer a nadie que se asomara. Era triste. Empecé a recordar donde había dejado cada uno de mis libros. Imaginaba la anatomía de mi cuarto desordenado casi como una dimensión alterna que me había succionado los últimos meses de libertad, había por todos lados recortes de periódico, artículos críticos donde denunciaba a muchas de las empresas que se habían instalado en el país los últimos  años, había sido una ardua tarea, pero me había equivocado al no dejar a alguien que se encargara de ellos, de seguro para ese momento todos habían sido quemados, destruidos, muertos antes de nacer.

Para aligerar el paso de las horas escribía en el papel higiénico, mi único lujo hasta ese momento. Era mi pergamino y mi pasatiempo. Lo único que me recordaba mi humanidad desvalida y perenne, carente de todo refuerzo de identidad nacional. Trataba de escribir una carta que le justificara a mi madre mi ausencia. La carta decía algo así.

“Me heredaste cada trozo de tu ser, ninguna materialidad,

miles de recuerdos que ya olvidé y que solo recuerdo cuando cada parte de mi existencia se retuerce de desolación”

    Soy ahora un soldado, quizás vuelva solo dos veces por año a casa, no sin antes haber recorrido la selva inmensa que nos distancia de nuestros enemigos, el desierto, toda la lluvia. Tres mares no me harán olvidar el sabor de tu comida, lo prometo. Amarraré bien mis cordones al salir a la calle. Intentaré no tropezar con las palabras ociosas que consumen a los arrinconados. Seré siempre breve cuando me dirija a mis superiores y mi desprecio no será mayor que el desconsuelo por la ausencia de esperanza.

Te pido que no les tires más agua caliente a los perros callejeros que lleguen a lamer el caño. Deja ya de poner las trampas de ratas en el cielorraso para los gatos que llegan a resguardarse del frío de la noche. No te sorprendas que te diga que aquí también hace frío. Por momentos no siento mis manos, en especial cuando estoy disparando. Es como si mis manos drenaran por completo la sangre y solo quedara pellejo y hueso en ellas. Ahora la cuestión se basa en retener la vida el mayor tiempo posible y así poder seguir recordando las historias de los viajes de Cucumayo que me hicieron ser el niño travieso y aventurero que siempre seré.

En este país la serenidad es una canción olvidada, todos tratan de huir, en cualquier instante puedes ver a algún tipo colgado de la pared o por debajo de la tierra. Todos desentierran sus tesoros y los vuelven a enterrar casi como un rito milenario. Ninguna riqueza es suficiente para cubrir tanta miseria, sin embargo, puedes ver alguna sonrisa ligera orbitando en las flacas pestañas de la realidad.

La mayoría de mis compañeros sabe cómo cuidarse las espaldas, o eso pretenden al hacerlo, siempre salen en grupo, sincronizados, atentos, es posible que no encuentres algún gesto verdadero en sus caras. Ellos no saben que entre más juntos se muevan más rápida e inevitable será su emboscada. Es por eso que desde el primer momento que llegué a aquí decidí ser un solitario. La soledad me eligió a mí y no yo a ella, pero he entendido que su compañía es una aberración cromática que me envuelve. Descuida, ya he renunciado a la ilusión de entender algo.

Nadie parece tener el poder adquisitivo como para comprar la paz de una vez por todas. Es por esa razón que no podemos regresar a casa sino hasta que todos hayan muerto, lo que no sé es que si eso pasa de un momento a otro o si es algo que se produce paulatinamente al ritmo de las olas. Lo que si te advierto es que no esperes mis cheques como pago por mi servicio militar, he donado mi salario a una organización sin fines de lucro que protege al panda rojo de la extinción.

Aquí tengo todo lo que un muchacho como yo pudiera necesitar; una cama, una ventana y papel para escribir. Esta será la primera y última carta que te escriba. Nunca fui alguien de muchas palabras y lo sabes, solo me he quedado con las palabras más esenciales, esas que logran alimentar una gran parte de mi enigma catastrófico. Lo único bueno de este lugar es que el periódico no llega, las noticias son escasas. Todo lo tienes que inventar. Si la imaginación no se te da es posible que pierdas la cordura. Que un nimio golpe te herrumbre la memoria. El olvido es un abismo enorme que disuelve todo a su paso. Todo vuelve a la nada cuando la existencia excede las sensaciones incomprensibles como el dolor, la angustia.

Lo bueno es tener la certeza de que al mínimo episodio de locura te trasladan a otra división, una más alta y selecta, solo unos cuantos han logrado llegar, son llamados los catatónicos. Tienen grandes lujos como la libertad, el silencio, el aire desenrejado. Parecen felices sin dirigirse la palabra entre sí, tienen una independencia envidiable. Te prometo que seré un gran jefe cuando me postulen en la división. Le ofreceré mi mano a quien lo necesite. Permitiré las fotografías en las paredes, los grafitis en cada habitación. Mi oficina tendrá un enorme retrato de Sara en su vestido de quinceañera junto a la abuela. La misma foto que tenías en la sala antes que papá hiciera quemar todo recuerdo de Sara.

No permitas que papá siga cosiendo zapatos, su espalda no resistirá demasiado a la postura de la máquina. Tampoco intentes enviarme respuesta de esta carta, te aseguro que no podré recibirla, los enemigos suelen incautar cualquier contacto que tengamos con nuestra tierra. Ya nadie recuerda a qué olía, su textura, su sabor, hemos sido saboteados una y otra vez. Todos parecen haber perdido las esperanzas por completo, en especial los días de festividad, nos persigue un eco de muerte por estos rumbos y es mucho más que eso, es la humedad imprecisa, el miedo, la inconformidad, la tortura y, finalmente, la decadencia.

No olvides decir tus plegarias cada noche y mucho menos dejes el televisor prendido mucho rato. Inclusive eso podría matarte. Te he querido por largos años y creo que eso no cambiará aunque busques irritarme con tu odio al partido socialista. En el fondo de tu pecho el corazón late del lado izquierdo, no lo olvides. Sé que siempre pensaste que mi ser despistado nunca se curaría, pero nuevamente te has equivocado. Soy ahora un ser totalmente concentrado en encontrarme a mí mismo bajo el reflejo de las luces de la otra orilla. Nada ha logrado enmierdarme. Ese derecho lo derogué el mismo instante en el que la partera cortó el cordón umbilical y me empujó a llorar. Tal vez recuerdes ese día, siempre seré tu hijo menor y siempre te encontraré hermosa. No vale la pena decir adiós.

Catatonia

Raque Vaga.

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